- Te van a dar muchos palos, así que mejor que te vayas preparando.
- ¿Ya?
- ¿Cómo que “ya”? Cuanto antes te prepares, ¡mejor!
- No, quiero decir... ¿eso es todo?
- ¿Y qué esperabas, que te dijera que vas a conocer a tu príncipe azul?
- No... bueno...
La verdad es que, cuando pagas veinticinco euros para que te lean la mano sin tener ninguna fe en todo esto del arte o la ciencia o lo que sea que es de la quiromancia, lo menos que esperas es que te digan un par de mentiras piadosas tipo “va a conocer al hombre de tus sueños” o “te va a tocar la lotería”. Nada demasiado original, simplemente un par de clichés que te levanten el ánimo, que para eso estás pagando. Para esto, casi habría sido mejor hacerme una limpieza facial en los chinos, que – aunque no me ayudara a dormir mejor- por lo menos me disimularía las ojeras. Si ya sabía yo que esto no era para mí...
Y lo peor es que la tía va a tener razón. Dejando de lado el hecho de que – tras siete años viviendo juntos- mi novio me haya dejado y que mi trabajo de “intérprete y traductora” licenciada con la mejor nota de mi promoción consista en traducir manuales de instrucciones para los juguetes eróticos de una marca china a los cinco idiomas que domino (incluido el árabe – ¡para que luego digan que las mujeres árabes están reprimidas!-); como decía... dejando de lado todo eso... ¡me acabo de quedar pegada a un chicle!
Todo el mundo habla de la famosa “middle age” crisis. ¡¿Pero qué pasa con la crisis de los veinticinco?!
Pongámosme como ejemplo: hasta hace poco, yo era una persona segura de mí misma, con una pareja estable y aspiraciones de un futuro profesional brillante como intérprete en la ONU y ahora... ¡ni siquiera me hacen descuento de “joven” en el cine!
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